El matrimonio

EL MATRIMONIO

Apuntes sobre el matrimonio

Mujer ejemplar, ¿dónde se hallará? ¡Es más valiosa que las piedras preciosas! Su esposo confía plenamente en ella?… Su esposo es respetado en la comunidad; ocupa un puesto entre las autoridades del lugar. (Proverbios 31:10 sgts).

Cuando los cónyuges toman cada uno su lugar específico ante Dios y ante sí mismos, el resultado es que pueden confiar mutuamente el uno en el otro. El progreso será patente en todo lo que emprendan. La vida matrimonial defiende esta unión sagrada y permanente, haciendo de ellos una realidad, un solo ser.

La Biblia exige del esposo que sea fiel al deber sagrado de amar a su esposa, de igual manera que Cristo ama a la Iglesia; exige igualmente de la esposa que busque cómo aprender a través de Cristo, a apoyar a su esposo y serle de bendición en todos los aspectos.

En varios capítulos expondré sencilla y brevemente algunos conceptos generales sobre el Matrimonio, así como la parte que corresponde tanto al esposo como a la esposa.

Quiera el Señor bendecir estas ideas y que cada cual las lleve a la práctica, para que no sea verdad aquello de que el «matrimonio es una fortaleza donde quieren entrar los que están fuera y quieren salir los que están dentro».

La falta de preparación y que la mayoría de los que contraen matrimonio van a él ciegamente, inspirados por instintos o conveniencias, hacen que muchos fracasen.

Con cuánta razón podríamos utilizar lo que el profeta Oseas ya dijo en otro tiempo, cuando Israel andaba a su aire desoyendo la voz de Dios: «Por falta de conocimiento mi pueblo ha sido destruido» (Oseas 4:6).

Que estas ideas sirvan de base a un concienzudo estudio para todos los lectores: un examen honesto para los que ya están casados y una pauta a seguir para los que se sienten llamados a incrementar el estado matrimonial.

Introducción

La bendición que desciende sobre los hogares es como la suave lluvia que cae entre las colinas. Innumerables manantiales se llenarán después; y a lo largo de las riberas de mil riachuelos, fluyendo por los valles, la hierba será más verde y pujante y las flores despedirán fragancias más ricas.

Los hogares son como los manantiales entre las colinas, afluentes que al unirse forman los grandes ríos de la sociedad, la comunidad, la nación y las iglesias. Sin manantiales no hay ríos, o discurren contaminados, secos y putrefactos. Si los ríos son caudalosos y puros, parecerán como de cristal; si sucios, llevan inherente la contaminación. Un hogar bajo maldición corrompe y contagia a sus descendientes como una plaga venenosa.

Dios ha querido que los hogares sean fuentes de vida, divinamente ordenados. «Por eso el hombre deja a su padre y a su madre, y se une a su mujer, y los dos se funden en un solo ser» (Génesis 2:24).

Comprendan que no es por accidente que los hombres en general viven y se desarrollan en familia y no en soledad. Sin embargo, a partir de la boda esto ya no estará dentro de la casa de los padres, sino los jóvenes esposos deben dejar el hogar de sus padres, asumir sus responsabilidades como nueva célula y formar su propio hogar independiente.

La raza humana comenzó en una familia y su hogar fue el Edén: «Hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza?… Y Dios creó al ser humano a su imagen; lo creó a imagen de Dios. Hombre y mujer los creó» (Génesis 1:26-27). Fue la primera pareja. Pero esto no quedó así, por lo que Dios «los bendijo con estas palabras: Sean fructíferos y multiplíquense; llenen la tierra y sométanla?…» (28). Era el primer matrimonio, instituido por el mismo Dios, base de todos los matrimonios posteriores hasta la actualidad.

Fieles a estas normas, tanto entonces como ahora, la bendición celestial fue y será infalible. Olvidarlas, sería sucumbir bajo la maldición. – Querido lector, te aconsejo que leas el capítulo 3 de Jeremías y que te arrepientas, si llegare el caso, o que solicites una vez más una reconsagración más intensa a Dios dentro del seno familiar.

El Matrimonio

La Boda

El día de la boda se proyecta hacia el futuro; y puede y debe ser para bendición, si se realizó conforme al diseño del Creador.

En muchas culturas una doncella va, como precediendo al cortejo nupcial, justo delante de los novios rumbo a la Iglesia, esparciendo flores o mistura de muchos colores por todo el camino como queriendo significar que su vida matrimonial debía ser plena de gozo y prosperidad.

La gente mundana practica estas bellas costumbres, pero sólo en lo que encierra de vistoso y ritual. Todos parecen considerar la boda como una culminación o coronación de la vida. El matrimonio podría ser un acontecimiento de los más felices de la vida humana. Por desgracia, no siempre se cumplen los fervientes deseos semiproféticos de felicidad. – Como las flores se marchitan pronto, los repiques de las campanas se extinguen, y sólo queda un recuerdo y unas fotos, como un reto despectivo a tanta mentira?…

No ocurre esto cuando el matrimonio se ha fundamentado en Dios, que es Amor. Cada día es como una renovación nupcial hasta que uno de los cónyuges parte de esta vida.

El matrimonio debiera ser fuente de vida y felicidad abundantes, porque «no es bueno que el hombre esté solo» (Génesis 2:18) y por ello, Dios hizo a la mujer, complemento a dicha felicidad (22).

Las causas del fracaso matrimonial quizás se hallen detrás del altar del compromiso. Muchos quizás no debieran haberse casado nunca. El plan de Dios fue manipulado, desfigurado. (Mateo 19:4-6)

Es importante la relación de padres e hijos; pero la relación matrimonial es puesta en preferencia como leímos arriba (Efesios 6:1-3). ¡Fuera todo lo que se oponga a la unión del marido y la esposa! Cada uno de ellos, debe vivir para el otro, y su vida debe confundirse como «en un solo ser» y esto, «para toda la vida». Sólo la muerte disuelve el vínculo matrimonial (Mateo 10:8-9 y Marcos 10:11-19). Es un compromiso para toda la vida, pese a nuestras malvadas interpretaciones (Romanos 7:2-3; 1 Corintios 7:39; Mateo 5:32).

Un acto así, merece la pena celebrarlo bien preparado y con alegría, delante del Señor, pues su recuerdo será como radiante faro que ilumine toda la vida.

No deben faltar en esta ceremonia los familiares y buenos amigos, ya que el enlace matrimonial es un acto que forma una nueva célula oficial de nuestra sociedad.

Armonía

La ceremonia nupcial ha terminado. Los dos son uno y comienza una vida con tantas perspectivas de felicidad, creciendo en nobleza de carácter, de heroísmo y en el tierno idilio amoroso. Pero creer que la puerta nupcial lleva automáticamente a la felicidad, es un error. El matrimonio no es un remedio a todos los males, ni conduce necesariamente a todo lo noble y bello, pese a sus posibilidades de bendición que ofrece.

Paciencia amorosa: Es la primera lección a aprender en la carrera matrimonial para llegar a una perfecta armonía. Todavía hay culturas que imponen al varón quién ha de ser su esposa, a la que no conoce hasta el día de la boda. Se casan como extraños y por imposición. Sea cual fuere la situación de cada uno y la duración del noviazgo, sólo la convivencia del matrimonio permite descubrirse mutuamente y conocerse por completo. Por eso Colosenses 3:18-19 aplica la medicina indicada para este caso: mutua sumisión y amor. Es como la convergencia de dos ríos: al principio, hay confusión, excitación, conmoción y un aparente conflicto y lucha en su mutua marcha. Luchan como si no quisieran mezclarse, pero lo hacen y se unen en una corriente ancha y pacífica, ondeando apacibles con majestad, sin señal de lucha. Lo mismo ocurre en la conjunción de dos vidas que se unen por el matrimonio.

Amor generoso: La armonía perfecta no puede forjarse en un solo día; es necesaria una adaptación mutua y prolongada (1 Pedro 3:8-11). Es la devoción del uno por el otro, olvidándose a sí mismos; la indulgencia es necesaria (Efesios 4:32 y Colosenses 3:12-14). La impaciencia todo lo destruye, el Amor todo lo puede.

La cortesía: Ya se pertenecen; pero sin la educación y una sutil cortesía, podrían llegar a ser encarnizados enemigos, dentro de sus cuatro paredes. Es necesaria la palabra cortés, la caricia y la palabra amorosa espontánea. No hay estado donde sea más necesario el modal cortés que el matrimonio. Sin esto, el regalo ocasional, costoso, es una burla cuando falta el calor y la ternura.

Unidad de intereses: Todo reino dividido será destruido (Lucas 11:17). Cuando la mujer no tiene parte en los negocios, recibe un trato discriminatorio y es la esclava que tiene que hacer milagros con unas asignaciones que no llegan ni para comer, se olvida que el matrimonio es un contrato amoroso de derechos y deberes (Filipenses 4:2). Cuán ilustrativa es la máxima del «tanto monta, monta tanto Isabel como Fernando».

La palabra «hogar» significa aislamiento. Encierra a sus componentes como reclusos fuera del medio ambiente. Y Dios manda que el marido deje a su padre y a su madre y se una a su mujer. Ningún extraño ni amigo deberá entrometerse en esta vida santa (Proverbios 25:17).

Velar contra el desinterés o la división: Cuidemos toda palabra imprudente o dura, y sepamos pedir perdón si tal ocurre. Las separaciones y divorcios no son labor de un día; son como tumores que se van agrandando hasta que explotan. ¡Oh, si tuviéramos en cuenta a Santiago 1:19! «Mis queridos hermanos, tengan presente esto: Todos deben estar listos para escuchar, y ser lentos para hablar y para enojarse». Que no se ponga el sol sobre vuestro enojo, decía Pablo (Efesios 4:26). Y quiero insistir contra la intromisión de los padres o los suegros, que destruyen muchas veces el hogar. ¡No lo permitan! (Miqueas 7:5-7).

Buscar cada día la presencia de Cristo: A veces se tiene todo menos esta necesaria provisión para el viaje matrimonial. Terminaré con la oración del marino inglés: Dios mío, protégeme, porque mi barco es tan pequeño?… y es tan ancho y misterioso el mar.

La Parte del Esposo

Toda mujer ansía la ternura del hombre que es su esposo. Este debe ser un buen hombre, pero no bastará si fuere frío y solemne. El verdadero esposo debe poseer un corazón noble y comunicativo. La esposa debe ser cariñosa y ser correspondida por su esposo. Ambos son responsables de la felicidad hogareña (Efesios 5:28-29). En la formación ideal de un hogar cada miembro de la familia tiene su parte. Todos son fundamentales, así como en un coro, la voz desafinada, malogra la melodía del grupo. El esfuerzo de una sola persona no sirve para nada, si el resto no corresponde al unísono; aunque con el tiempo la influencia de una vida noble y generosa pudiera suavizar la rudeza y derretir el egoísmo y saturar la vida hogareña con la dicha del amor (1 Corintios 7:14).

El marido debe amar a su esposa: Hay una palabra que lo abarca todo: y es la palabra amor. «Esposos, amen a sus esposas» (Efesios 5:25), es un mandato divino de efectos infalibles. En el arte fotográfico hay tanta perfección que en una micropelícula se puede captar por ejemplo toda una página de un gran periódico; mirada con microscopio esta micropelícula del tamaño de una cabeza de alfiler se constata cada palabra, los puntos y las comas del original. El amor, por imperceptible que sea, lo encierra todo y lo puede todo, como dice el apóstol en 1 Corintios 13.

El amor del marido encierra cariño, interés amoroso. Al ofrecer su mano a una mujer, está demostrando que su corazón la ha seleccionado entre todas las mujeres y que la ama con exclusividad. Ante el altar promete este amor hasta la muerte (Proverbios 5:18-19). La palabra implica más que el simple cariño emocional. Las Escrituras Sagradas dan la medida del amor que los esposos deben profesar a sus esposas: «Esposos, amen a sus esposas, así como Cristo amó a la iglesia y se entregó por ella» (Efesios 5:25). No existe medida terrestre suficientemente grande como para medir el Amor de Cristo por Su Iglesia; y ningún mortal puede amar con tal intensidad. No obstante, en cuanto dicho amor pueda repetirse en la tierra, cada esposo ha de darse a sí mismo, negarse y olvidarse completamente de sí, en simple y sincera devoción a su esposa. Ningún sacrificio será demasiado grande para protegerla, sostenerla y hacer que la vida sea todo lo feliz posible.

Marido, la confianza de tu mujer es un tesoro: Al entrar en el estado de casada, la esposa, por un acto sagrado de todo su ser, confía todos sus intereses a aquél a quien ha aceptado como esposo: deja a sus padres y el hogar de su infancia, rompe todos los lazos que la ataban a su vida anterior y se separa de sus fuentes de felicidad. Mira confiada a aquél que la ha pedido en matrimonio, y temblando en su corazón, pero con callada esperanza se entrega a él para que la defienda junto con todos los intereses de su vida. Es un acto de fe y entrega, lo que compromete y responsabiliza al aceptante, al esposo. ¡Lástima que muchos no reconocen el carácter sagrado de esta responsabilidad, o que lo olvidan muy pronto!

Marido, defiende la confianza de tu mujer: Cualquier sacrificio será natural. El trato con la mujer será dulce en todo momento, amándola y tratándola sin aspereza (Colosenses 3:19). ¿Por qué tener una cara fuera de casa y dentro de ella muchos maridos son unos energúmenos? Nunca el amor da motivos para ser groseros o descorteses con la persona a la que se ama. No hay que olvidar que necesitamos ser expresivos y manifestar ese amor y cariño que un día prometimos a la mujer amada (Proverbios 15:23 y 25:11).

El trabajo de la mujer en la casa, el cuidado de los niños, la limpieza, el lavado de la ropa, las compras en el mercado, la soledad durante todo el día o el estrés del trabajo afuera, influencian a la esposa en gran manera. El esposo debe tenerlo en cuenta y no debe querer avasallar, como si todo se le debiese o solamente él estuviera cansado. Lo que Cristo es para Su Pueblo, la Iglesia, en sus fatigas, penas, dolores, alarmas?… todo eso debe ser el esposo en su propia medida, para con su amada esposa.

Hay hombres que creen que su único rol en la formación de la familia es el de «producir» niños (algunos por todas partes) y después pueden distraerse detrás de la computadora, siguiendo sus trabajos o deportes o desaparecer completamente. Sin embargo, el deber de cada padre y marido es mucho mayor, y tanto las esposas como los niños necesitan de un verdadero hombre en casa. Muchos hombres se dan cuenta cuando ya es tarde, por eso: el bien que mañana hubiéramos querido hacer, hagámoslo HOY. Ruskin dijo: «Quien se haya parado junto a una tumba, bajo la que alguno de sus queridos allí reposa, sintiéndose impotente, donde el amor impetuoso o el dolor ya no tienen latido?… ahora cuando ya no cabe una mínima reparación para con el difunto, por tantos momentos de rudeza, injusticia, sólo cabe el remordimiento. Ya es tarde».

Pasando por sentimental dejaré a Carlyle que se exprese: «Oh, si sólo pudiera ver a mi mujer, ya muerta, por cinco minutos y decirle que de verdad la quise siempre». Carlyle descubría su ya canosa cabeza, torturada por el viento o la lluvia y arrastrando una indecible amargura. ¡Pero ella, nunca lo supo!

Inútiles son ahora para los que viven los panegíricos sobre sus difuntos, si durante la vida no se les demostró el amor, la ternura y el respeto que se merecían. – Si el amor existe, hay que demostrarlo, ahora. – Qué pena que el amor de los jóvenes, en general, no tiene su residencia en el corazón, sino en sus ojos.

Contraste: «Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna» (Juan 3:16).

Marido, honra a tu esposa: Todo amor verdadero exige que el esposo honre a su mujer como lo hacía en los tiempos del noviazgo. ¿Cómo no hacerlo ahora, cuando la ha entronizado en su corazón? Han iniciado la relación más íntima, pura y sagrada que exista en la tierra, han unido sus vidas y se sienten afectados en todo al unísono (1 Pedro 3:7).

El cómo hacerlo, reviste infinitas facetas: proporcionarla todo de acuerdo con sus posibilidades, y haciéndola copartícipe de toda su vida.

El marido requerirá su consejo en cuanto a sus negocios o trabajos; y se dejará orientar y tendrá plena confianza en ella y en todo. Y no olvide que su mujer no es ni una niña ni un ser anormal, pues él la escogió como a la más digna, la más bella y virtuosa de las mujeres. Ella se siente enamorada de su marido y necesita demostrarlo y que se lo demuestre. Cuando haya victorias, alegrías, fracasos, debe ponerla a ella como depositaria de sus sentimientos, y compartirlos; porque una alegría compartida es doble alegría, y una pena compartida es media pena. Confiar en la esposa es compartirlo todo. Todo fiel esposo debe ser digno de su mujer, esforzándose cada día por dar lo mejor de sí.

El buen marido no abusa del poder, siendo el pequeño dictador de su hogar. Tal sería la mejor prueba de que un hombre es de escaso valor, cuando se burla, martiriza o llega a agredir a su mujer e hijos.

Nunca el marido abandonará a su mujer a no ser por algo urgente y de común acuerdo, sobre todo si son cristianos renacidos. El culto familiar tendrá su tiempo y hora fijos, y toda la familia se reunirá ante este altar, recordando Deuteronomio 6:5-9.

Un hogar cristiano irradia a su alrededor y tiene influencia espiritual (Isaías 58:7; Hechos 20:35).

El marido debe ser guía espiritual para su mujer e hijos: Junto con su esposa, caminará en amor a Cristo (1 Corintios 7:39; 11:3). Muchos fracasan en esto. Aman sinceramente a sus esposas y se sacrifican por ellas, las protegen, las bendicen con amor y ternura, las honran y respetan y en todo buscan su felicidad completa. Todo lo comparte con su mujer?… pero en la cuestión espiritual, muchos maridos, son un obstáculo, prohibiendo a sus mujeres ir a los cultos o no yendo nunca con ellas. – ¿Acaso el amor total no radica también en el espíritu? ¿Por qué habría de ser sólo corporal y sentimentalmente?

La Parte de La Esposa

Mujer virtuosa ¿quién la hallará? Es un grato honor para la mujer ser elegida entre todas para ser la esposa de un hombre bueno y leal.

Promovida para ser coronada como reina del hogar, pone a sus pies el amor juvenil de su esposo que la exalta al trono de su vida. Todo el poder está en sus manos y los sagrados destinos quedan a su cuidado. La respuesta será para toda su vida de casada (Proverbios 12:4). Tendrá siempre presente la advertencia bíblica: «Esposas, sométanse a sus esposos, como conviene en el Señor» (Colosenses 3:18). ¡Qué responsabilidad, tanto para el uno como para la otra!

No sólo la felicidad de su esposo y de sus hijos, sino todo su futuro, de carácter, influencia y desarrollo, descansa sobre la esposa (Romanos 16:1-2).

Un maestro experto en el conocimiento humano, hacía esta descripción de la esposa ideal: «Es el último y mejor regalo celestial para el hombre; su canal de innumerables gracias, su joya plena de virtudes; su voz, su más dulce melodía, su mejor y más radiante sonrisa; su beso, el guardián de su inocencia; sus brazos, el límite de su seguridad, el bálsamo de su salud y de su vida; su laboriosidad, su más segura riqueza; en economía, su más eficiente administrador; su boca, el mejor consejero; su pecho, la almohada más blanda y reposante a sus inquietudes; y sus oraciones, el defensor más capaz de la bendición celestial sobre su cabeza».

Ante tal cúmulo de grandezas y responsabilidades, frente a su marido ¿no tiene la mujer necesidad de examinarse concienzudamente antes de dar el sí matrimonial?

¿Cuál es el verdadero ideal de una esposa? La sola elegancia y la hermosura y cuanto de precioso y atractivo y encantador exista en la mujer por sí solos no sirven para mucho. La Biblia nos la pinta saludable, fuerte, práctica y laboriosa, hábil en los deberes de la vida, coronada con esa belleza que un propósito elevado y noble da a un alma (1 Timoteo 2:9-10).

La lealtad: Elemento esencial que dará un sentido más amplio a una esposa (Proverbios 31:11). La confianza perfecta es la base de todo afecto verdadero; cualquier duda destruiría la paz matrimonial. El derroche y la extravagancia han destruido la felicidad de muchas familias y arruinado muchos hogares (Proverbios 14:1). La mujer es comparada a veces con la vid, mientras que el hombre lo es con el fuerte roble al que aquélla se adhiere. Pero hay muchas clases de vides: unas le tejen al roble una verde túnica de belleza y una corona de gloria que durante el verano contrasta con la aureola de ramas y ricos racimos que colgantes anuncian que es el otoño. Otras vides ciñen al árbol sólo para secarlo y destruir su vigor, quedando estropeado, desagradable, desprovisto de esplendor, apto sólo para el fuego. Una buena esposa ennoblece, fortifica, distingue y por la omnipotencia de su amor hace que su marido dé gracias al cielo (1?Pedro 3:16). Lástima que mujeres malas, como vides que se adhieren, pero sólo para marchitar: ociosas, chismosas, inútiles?… destruyen todo a su paso y hacen fracasar a su marido (Jueces 16:6).

El buen gobierno del hogar: es el cimiento para la felicidad; y muchas veces se inicia en la cocina, en el orden, la limpieza y la mutua disponibilidad. Proverbios 31:13-19 nos da la pauta y sienta las bases de esta armonía y felicidad en el hogar, donde la esposa es la reina. – Todo ello, condimentado con amor y con una gran dosis de paciencia (Proverbios 15:17).

El propósito de la mujer es, mostrarse ayuda idónea para su marido. Dios así la planeó cuando no era bueno que Adán estuviera solo (Génesis 2:18). La mujer cristiana además «tiende la mano al pobre, y con ella sostiene al necesitado» (Proverbios 31:20). ¡Hay tantas necesidades, necesidades espirituales y materiales! Pero todo debe comenzar en el «propio hogar», por eso de que el amor comienza por casa.

La buena esposa es generosa y bondadosa, nunca egoísta y avariciosa: Decía un marido enamorado: «Mi mujer me observa sin que yo lo sepa, me ablanda, me calma y fortalece en las dificultades; su serenidad me da confianza y fortaleza». Muchos quisieran invitar a sus mujeres a ser como el ángel de Getsemaní que reconfortó a Cristo antes de su crucifixión.

Durante la enfermedad, cuán hábil y bondadosa debe ser la esposa para cuidar a su marido. En las luchas, en los desalientos, en los infortunios y desastres se manifiesta la mujer tal cual es. En vez de llorar, lamentarse y desesperarse, incrementando el caudal de la tragedia, se convierte en ángel de la esperanza y de la fuerza.

Todo hogar ideal trasciende más allá de sus muros; su testimonio es como una canción que alegra y bendice, unos brazos abiertos que reciben y hacen el bien (2 Reyes 4:10). Todo hogar debiera ser un Betesda, «una casa de misericordia», donde los que sufren, los fatigados, los afligidos, los tentados y atribulados?… todos pueden acudir, seguros de recibir compasión y ayuda, junto con el fruto del amor.

La mujer cristiana pone en su esposo toda su confianza; no tiene secretos para él. No escucha ninguna palabra de admiración que no pueda comunicársela a su marido. Jamás reportará a nadie secretos o algo que tenga que ver con la sagrada vida íntima de su hogar. Los de fuera, en general, se burlarán y hasta se alegrarán de ello sin aportar ayuda real.

El dominio de una mujer sobre su marido es poderoso e irresistible y se llama amor. – Usándolo, ella es todopoderosa y obtendrá de su marido todo lo que quiera. La influencia de la esposa sobre el esposo es de una potencia tremenda, sea para bien o para mal, lo que repercutirá en ella misma. Podrá ser una buena esposa si es a la vez una buena mujer cristiana.

Sólo en Cristo podrá obtener la sabiduría y la fuerza necesarias para llenar sus responsabilidades solemnes de mujer casada.

Y si los sueños de felicidad del noviazgo y los brotes de la luna de miel, augurando una plena y eterna luna de miel, se han malogrado?… no se desanimen?… no busquen remiendos ni posibilidades en otro método que en Cristo. – Nuestro Señor Jesucristo es el Primero y el Último, es el Único, el Todo Suficiente, la Solución a todos nuestros problemas. – El amor humano es importante; pero nunca podrá satisfacer a un corazón sangrante. «Separados de mí, dice el Señor Jesús, no pueden ustedes hacer nada» (Juan 15:5) añade: «Al que cree todo le es posible» (Marcos 9:23)?… «Porque todas las cosas son posibles para Dios» (Marcos 10:27).

Código de la Felicidad para el Esposo

Oiga usted, señor esposo, que quizás se crea un ser superior y que considere a su esposa como una criatura de segunda clase. Puede que comulgue con la idea de algunos moros, que consideran a su mujer «sin alma» y por ello pueden venderlas, cambiarlas, maltratarlas. Le convendría a usted saber que Dios hizo al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza (Génesis 1:27). Recuerde los siguientes puntos que pudieran constituir «su Decálogo Conyugal»:

  1. No sea sistemáticamente autoritario, exigiendo siempre sus derechos. Esconda y vaya suprimiendo su varonil orgullo y crea con sinceridad en la igualdad de sexos. Sea flexible y sepa ceder, incluso cuando crea tener razón.
  2. No considere a su mujer como una graciosa, fascinadora muñeca, como un juguete amable y mucho menos como una flor que se seca y se olvida por cansancio y deseos de «novedades». Jamás la maltrate.
  3. Sea escrupulosamente fiel a su mujer, pues tiene los mismos derechos que usted, y Dios le pedirá cuenta de ello.
  4. Nunca la compare con la esposa del amigo, diciendo p.ej. que la suya ha envejecido o es menos bella. No olvide de mirarse usted mismo al espejo: todos envejecemos. ¿Quién nos cuidará cuando un día seamos viejos, paralíticos o inútiles?
  5. Cuando tenga que faltar de casa, que sea por motivos nobles y de acuerdo con la verdad. No vaya nunca a un sitio donde su mujer no pueda ir. En la vida «todo se sabe» y no hay nada oculto que no haya de ser manifestado (Marcos 4:22).
  6. Jamás se le ocurra decir: «Comía mejor en la casa de mi madre?…» o «me voy donde mi mamá, porque allí estoy mejor que en casa». Con sus suegros sea todo lo más perfecto y cordial. Relea Génesis 2:24 y Tito 3:2.
  7. Sea afectuoso y cordial con su esposa y demuéstreselo cada día al salir y regresar de la casa. Aprenda a hacer regalos, pequeños o grandes, a su esposa, y nunca se los eche en cara para demostrar su generosidad. Recuerde que no hay afecto verdadero sin una intensa vida espiritual, tanto personal como familiar. El Culto en Familia cada día, es imprescindible, lo mismo que la asistencia de toda la familia a la Iglesia Cristiana. No caben excusas en esto (Hebreos 10:24-25).
  8. Vista decente y sencillamente; y en sus actitudes o en el hablar no sea grosero (Mateo 12:36-37).
  9. No conceda demasiado tiempo a sus amigos o a su televisión, la Internet o el deporte, en detrimento de su familia. Su lugar está en la casa. Interésese en lo que hace su esposa: cocina, tricotaje, alegrías, penas?… y ábrale su corazón, cuéntela de su trabajo, de sus hobbys. Consúltela y compártanlo todo. No hay nadie, ni debe haberlo, de más estima que ella para usted.
  10. No se impaciente, confíe en Dios y en su esposa y evite lo que pueda molestarla. – La mujer es más delicada y sensible. Es sólo una «ayuda» y no una «esclava».

Código de la Felicidad para la Esposa

Señora Esposa: No se vuelva usted mimosa y sentimental, no haga una montaña de un granito de arena. Conserve la felicidad a toda costa y no se olvide que sus hijos serán en gran manera tal como usted es; para bien o para mal, sus hijos la reflejarán a usted. O sea, que de tal palo, tal astilla.

Yendo de la teoría a la práctica, analicemos juntos 1?Samuel capítulo uno y ruego que lo lea detenidamente, comparando su vida con la de Ana, la madre de tan gran profeta:

  1. Ana sabía orar: Fíjese que incluso orientó al Sumo Sacerdote en cómo se debía orar, y lo hizo con fervor, en la seguridad de que «su Samuel» le sería concedido. Y eso, antes de ser engendrado. Lo obtuvo y se lo devolvió a Dios conforme a su promesa. Los hijos son de Dios: su oración y su alabanza nunca cesaron, ni aún ante el dolor (1 Samuel 2:1-10).
  2. Ana sabía dar: Muchos cristianos, todo lo quieren para sí; son como bebés que desean recibirlo todo. Cuán lejos están de Ana, de Abraham y del mismo Padre Celestial que dio a Su Hijo Único (Juan 3:16).
  3. Ana sabía servir: En primer lugar a Dios y a su hijo y a todo lo que tenía que ver con su familia y el templo (1?Samuel 2:19). Maternidad y Servicio son sinónimos, al igual que Cristiano, que es nueva criatura en Cristo, para servir.
  4. Ana era virtuosa y era admirada por su esposo: Su esposo no se oponía en nada a su esposa, porque era fiel y honesta en todo. Por eso, Ana influyó más en Israel que ninguno de sus reyes, a través de su hijo.
    Hay madres que se quejan de todo. Es la estratagema del diablo: hacerlas sentir abandonadas, solas. Buscan trabajo fuera de casa y se despreocupan de sus hijos y de su marido. Se sirven a sí mismas, ignorando que al hablar mal de su esposo, o desentenderse de su hogar, han perdido la batalla ¿Eres tu así?…?

Por si lo dicho hasta aquí no fuera suficiente, voy a dedicar algunos puntos más a tan alta señora, a la Esposa, que como reina del hogar se merece tenerla en cuenta, dada su tremenda misión y responsabilidad:

  1. Dé usted pruebas en cada momento de su vida en familia, de esa psicología, que es definida como muy femenina.
  2. No olvide que su marido está dispuesto a cederle las riendas del gobierno familiar, con tal de que no ofenda su condición de cabeza de familia.
  3. Para retener a su marido ofrézcale siempre los placeres de una buena mesa porque «el estómago está muy cerca del corazón».
  4. Cuide siempre de estar bien arreglada y graciosa. Para la mujer el matrimonio es una conquista perpetua, ¿no lo cree?
  5. No moleste excesivamente a su marido con minucias ni sea celosa sin motivos.
  6. No repita a cada rato que no tiene qué ponerse; si fuese verdad, hágalo con gracia y discreción y en el momento oportuno. Y no olvide que la felicidad no está sólo ni en la ropa ni en la casa?…
  7. No se lamente con cualquier pretexto; hágalo todo de buen humor para que cuando haya algo difícil se la pueda creer.
  8. Sea usted en todo momento el ángel del hogar que todo lo llene de dulzura, esperanza, consuelo y optimismo. Sonría y cante porque Cristo la ama y nunca la abandonará. – Irrádielo y cuestiónese ¿cómo haría esto el Señor Jesús?

Los señores suegros

Casarse significa ampliar sus horizontes familiares y asimilarlos naturalmente, aunque puedan surgir contrapartidas. Puede ser que uno de los novios no caiga bien, y surge la manipulación de los padres y los suegros que con magnífica buena voluntad se entrometen. Los recién casados se enfrentan conque «ellos no se han casado con la familia de su cónyuge». ¡Todo un monumental problema!

Yo pienso que los jóvenes deben tener un poco de paciencia, tratando de ganar el afecto de sus belicosos padres o suegros, y sobre todo «siendo los recién casados», ser modelo de armonía y cariño. Así toda prevención desaparecerá y será reemplazada por un sincero afecto filial.

La influencia moderada de los padres del esposo o la esposa les harán madurar y controlar los optimismos y entusiasmos tan propios de la juventud. Sin embargo, los padres o los suegros a veces, y sin darse cuenta, pudieran ser un obstáculo en la nueva etapa de vida de estos dos inexpertos que se inician en el matrimonio y que deben «ser un solo ser».

Lo mejor es que los dejen en paz. Una visita amistosa, un saludo cordial o una oferta eventual?… y luego, déjenles tranquilos. Cualquier ingerencia, una vez casados, sería un asalto, un allanamiento de morada.

Felices en su nuevo hogar, los flamantes esposos quieren realizar sus proyectos por sí mismos. Necesitan adaptarse mutuamente, sin intrusismos de nadie, haciendo frente a las responsabilidades de la vida.

Y los padres deben saber que sus hijos, una vez casados, disfrutan a nivel social de la misma igualdad que ellos mismos. Y de igual manera que ellos apartarían de su hogar a todo extraño indiscreto, ellos tienen el mismo derecho, en particular y como esposos. Toda imposición levanta una muralla que separa muchas veces a tantos matrimonios, donde el paternalismo trata de imponerse. Se me dirá: «Pero es que son jóvenes y no están preparados». Y mi respuesta es: «Ya es un poco tarde para pensar en ello?… ahora les ayudará la experiencia de la vida».

¿Y qué de la suegra? Comprendemos la infinita buena voluntad de estas señoras, pero algunas se merecen muy bien el peyorativo de «suegra».

Cuando su hijo/a se ha casado, el sacrificio de la madre debe revestir una nueva forma. Su amor debe consistir en una amistad reflexiva y desinteresada. – El hogar de sus hijos es una fortaleza, donde sólo ellos se refugian. ¡No la asalte!

Muchos padres y madres (abuelos) podrían, si fueran prudentes, ser útiles en el hogar de sus hijos?…; pero sin querer conducir su barca y avasallarles con sus ideas. Decía alguien, y quizás tenía una pizca de razón, que las suegras, desde lejos hacían bien, pero que de cerca destruían el muro matrimonial.

¡Honor a los padres que al entregar a sus hijos en matrimonio saben disimular su dolor; honor a las madres y a las suegras que saben conservar hacia la «flamante familia» una actitud sonriente y digna, amable y discreta! El amor maternal en la primera edad es un don del cielo; en el momento de la separación debe saber sacrificarse por ser la razón y la forma la más pura y desinteresada.

Así que, mis queridos y maravillosos suegros que me leen:

  1. Vivan separados de los jóvenes en cuanto sea posible.
  2. No intervengan nunca en sus discusiones.
  3. No intentan nunca imponer su propio punto de vista.
  4. No invoquen como sistema su infalible experiencia.
  5. Tengan la suficiente modestia para recordar sus errores.
  6. Den prueba de gran confianza en su yerno o nuera.
  7. Quiéranlos como si fueran sus hijos.
  8. Den, sin esperar nunca recompensa.
  9. No intervengan nunca en educar a los nietos, sin ser requeridos.
  10. ¿Por qué olvidarlo? ¿Qué hubieran querido en sus propios suegros y de qué les criticaron?

Ruego que lean meditando Mateo 7:1-6.

Su amigo, rumbo a la Patria Celestial.

Benedicto L. Alonso Díez (adaptado)

El matrimonio