¿Cuánto vale mi Vida?

¿Cuánto vale mi Vida?

La suma supuestamente más alta que se pagó para el rescate de una persona, la reunieron los Incas. Atahualpa, el último emperador del reino incaico, cayó en manos del conquistador Francisco Pizarro. Atahualpa ofreció a cambio de su liberación llenar su cuarto de prisión de oro y dos habitaciones más de plata. Los españoles aceptaron y de inmediato se mandó la orden a todo el imperio de que enviasen la mayor cantidad posible de oro y plata. Una enorme recolección comenzó; de templos y palacios se reunió los tesoros más valiosos, y el cuarto del rescate se llenó.

El costo material del rescate del rey Atahualpa se valora a más de 80 millones de dólares, sin embargo, no obtuvo la libertad anhelada. Los españoles le inculparon de idolatría, fratricidio, poligamia, incesto y de conspirar en contra del rey de España. El 26 de julio de 1533 el Inca Atahualpa fue ejecutado, a pesar de esa suma de rescate enorme. El noble Inca no había contado con la deshonestidad de los conquistadores.

Nosotros también estamos presos

Nosotros no estamos aprisionados en un calabozo, sin embargo, somos prisioneros de nuestras inclinaciones y pasiones. Muchas veces nos vanagloriamos de ser ciudadanos libres. Pero no estamos libres de nosotros mismos: de nuestro afán de protagonismo, del egoísmo; no estamos libres de la ira, envidia y de la inclinación de difamar a los demás; tampoco estamos libres de las adicciones y de la avidez de tenerlo todo para uno mismo. Jesucristo describe esta manera de vivir apropiadamente: “Todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado” (Juan 8:34).

Cuando deseamos ser libres, nos damos cuenta de cuán fuertes son estos vicios, y nos sale el grito de desesperación: “¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Romanos 7:24); lo que quiere decir: de este cuerpo en que el poder del pecado es tan prepotente.

Dios ya ha pagado el rescate para ti

No tenemos que quedarnos presos para siempre. El poder del pecado y los vicios ya no pueden dominarnos. Por su misericordia divina y su amor infinito, Dios ha pagado la mayor suma de rescate posible. El Hijo de Dios, Jesucristo, estableció para nosotros una salida de nuestra situación desesperada. Cuando Cristo, en grandes penas clavado en la cruz del Gólgota, exclamó: “¡Consumado es!”, fue extendido el recibo por nuestra salvación.

El apóstol Pedro lo describe así: “Pues Dios los ha rescatado a ustedes de la vida sin sentido que heredaron de sus antepasados; y ustedes saben muy bien que el costo de este rescate no se pagó con cosas corruptibles, como el oro o la plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, que fue ofrecido en sacrificio como un cordero sin defecto ni mancha” (1 Pedro 1:18-19). Este rescate es suficiente, no puede ser impugnado ni por Satanás ni por ninguna otra criatura. Dios mismo lo garantiza. Es la única posibilidad para nosotros de escapar de la separación de Dios y por ende de la muerte eterna en el fuego infernal.

El camino está libre, la puerta de nuestra prisión está abierta de par en par. Jesucristo atestigua: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al padre, sino por mí” (Juan 14:6).

Todos pueden sacar provecho de este rescate

Sin embargo, es preciso que reconozcas tu culpa. Yo he podido pedir la ayuda de Cristo y traerle mis pecados. He experimentado salvación y perdón por medio de la fe en el Hijo de Dios. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).

¿Y tú, ya has experimentado la liberación del poder del pecado? Si no, entrégale hoy tu vida al Redentor del universo, el Salvador Jesucristo.

Peter Oppliger